Maquina del demonio
El otro día, en Chueca, mientras disfrutaba de unas cañas con la inmejorable compañía de mi novia y con la no menos inmejorable compañía de unas amigas de la oficina (por cierto, que ya es casualidad encontrarse en Madrid en la mesa de al lado de una terraza) recorde un triste episodio de mi vida reciente que tengo que compartir con vosotros a modo de aviso.
Hace un tiempo estuve apuntado en un gimnasio. Más que por mejorar mi ya inmejorable figura, iba para recuperarme de una lesión de ligamentos (rotura del ligamento cruzado anterior) que me había dejado la pierna izquierda como un jamón en un stand el Simo, limpito limpito. El caso es que la parte de delante, cuadriceps que dicen los entendidos, estaba más o menos aceptable. Pero la parte interior del muslo daba pena. Tras una consulta con el traumatólogo me recomendó una máquina (en qué hora) del gimnasio destinada a fortalecer dicha zona.
Os describo la máquina. A primera vista parecía una apacible silla (de tortura), eso sí dotada de dos extensiones donde apoyar las piernas. Estas extensiones tenían a su vez un tope lateral que queda situado en la cara interior de la pierna. Para los que no me conozcan tengo que decir que tengo una estatura media europea, unos ciento setenta centímetros (huelga decir el porqué del número).
Al sentarme y situar las piernas sobre las extensiones que, en ese momento estaban ancladas, noté que algo no iba bien. El tope, que a la señora que se acababa de bajar del cacharro le llegaba por la rodilla, a mí me quedaba cerca de la ingle. Raro. En fin, asumiendo que a un gimnasio se va a hacer el ridículo, al menos yo, metí más peso a la máquina y me dispuse a quitar el seguro. Craso error.
De repente, algún resorte con una fuerza que ahora mismo me cuesta recordar, hizo que prácticamente hiciese lo que he venido a denominar “movimiento pai-pai”. Me separó las piernas de tal modo que Van-Damme, un mierda a mi lado. Lo peor fue que justamente ese día me había llevado los pantalones que, como he dicho anteriormente, por mi inmejorable figura, me quedaban un poco ceñidos. No quiero recordar cuando la cara de dos señoras enfrascadas en una más que entretenida conversación, se dirigió a mi triste figura dejando de hablar por unos instantes que a mi se me hicieron eternos.
Un elemental sentido del ridículo me hizo, sin haber podido llegar a juntar las piernas, levantarme de la máquina, empezar a andar todo lo digno que pude (ha debido ser lo más cerca que he estado de John Wayne), ir a la ducha y a darme de baja en el gimnasio.
Desde entonces las piernas me crujen, pero canto mucho más fino.
Sin más me despido recomendándoos encarecidamente que busquéis, comparéis, y si creéis que vais a hacer el ridículo no os subáis (esto vale para todo).
Saluten!
Jorge
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